i tuoi occhi

clemente bernad /27.08.2013 / 09:21 

Un día como ayer, el 26 de agosto de 1950, Cesare Pavese se despidió de su hermana, en Turín. Le dijo que haría un viaje de fin de semana, algo que ya había hecho otras veces. A él le gustaba retornar con alguna frecuencia a Santo Stefano Belbo, en el Piamonte, donde habían nacido. Salió de la casa en la Via Lamarmora y tomó un tranvía. El viaje era corto, menos de 10 minutos. Bajó en la parada de la estación del tren, la Stazione di Porta Nuova, frente a la Piazza Carlo Felice. Se detuvo un momento. Miró a su alrededor y descubrió un pequeño hotel en la Piazza, el Albergo Roma. Entró en el hotel. El mostrador del negocio familiar era de madera. El suelo estaba cubierto por una moqueta roja. En el vestíbulo había dos grandes radiadores, un espejo, una mesita con dos sillones y una escalera de baranda metálica. Pidió un cuarto. Insistió en que tuviera teléfono. Le dieron la habitación 346. Subió por la escalera con su pequeña maleta. La habitación era sencilla, pero limpia. La cama era angosta. Había una mesa de madera y una silla. Un pechero. Un lavabo. El teléfono era negro y estaba pegado a la pared. Había una lamparita encima de la cabecera de la cama. Llamó a alguna gente por teléfono. El día fue pasando, se hizo la tarde, cayó la noche. Hizo tres últimas llamadas telefónicas, se dice que a tres mujeres. Las invitó a cenar. Ninguna aceptó. Ninguna quiso o pudo ir al hotel a verlo tampoco.
Tomó su diario. Releyó la última entrada, la del 18 de agosto: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Releyó los últimos poemas que había escrito de manera febril, los poemas para C. Tomó el libro Diálogos con Leucó. Releyó sus partes favoritas. Luego tomó un bolígrafo y pese a la promesa de no escribir más, Cesare Pavese, de 42 años, escribió sus últimas palabras en una de sus páginas: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No murmuren demasiado”. Entonces buscó en la maleta los somníferos. Se quitó los zapatos, se aflojó el nudo de la corbata y comenzó a tomar, una por una, las pastillas de esos 16 envases. Cuando murió ya era un día como hoy, el 27 de agosto de 1950.

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