gaz

clemente bernad / 10.03.2013 / 20:14

Un día como hoy, el 10 de marzo de 1974, el teniente del ejército imperial japonés Hirō Onoda emergió de la selva filipina y aceptó rendirse ante el que fuera su superior, el mayor Tanigochi -ya convertido en librero-, 29 años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Entregó su uniforme, su espada, su fusil tipo 99 Arisaka, 500 cartuchos y varias granadas de mano.
Lo primero que hizo al llegar a Japón fue visitar su propia tumba, que su familia había construido pensando que estaba muerto.

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